Archivos diarios: septiembre 1, 2009

Un Viernes de 1991

Jacobo Dalai

Llegué a la Catedral en el Metro. Ninguno de los hermanos podía dejar sus ocupaciones, así que yo iba solo.

Jacobo había hablado a la casa un par de días antes para decirnos que habría un servicio ínter religioso en la Catedral con motivo de la visita del Dalai Lama a la ciudad. El rabino Palti de la Comunidad Sefaradí de México no podía acudir en representación del judaísmo por ser la víspera del Shabat, así que había pedido a Jacobo que lo sustituyera.

Me senté en la abarrotada catedral a escuchar, al Arzobispo, al Imán, al Pastor a Jacobo y al Dalai Lama.

Recuerdo a los asistentes, a las personas humildes que normalmente acuden al céntrico recinto, sentados al lado de  are – krishnas, musulmanes con turbante, hippies, mujeres elegantes, hombres con traje de marca…

El servicio ecuménico estaba dedicado a la paz y cada uno de los ministros o sacerdotes hizo una pequeña plegaria en su honor.

Yo miraba una y otra vez hacia donde se encontraban los representantes religiosos y mi asombro era total. Estaban todos juntos en el estrado del más importante recinto católico de America, rezando por lo mismo y mi hermano (que no tenía nada de Rabino) representaba a los judíos desde el asiento contiguo al Dalai Lama. Confieso que me costaba asimilar lo que veían mis ojos y lo que escuchaban mis oídos.

Pero era así. La catedral vibraba en armonía con lo que ocurría en su interior, mientras Jacobo hablaba de la unión entre todos los seres humanos por encima de toda diferencia, tal como aquella ceremonia la comprobaba. Concluyó rezando la plegaría del Shema Israel, pronunciando la bendición del vino y deseando a todos los presentes Shabat Shalom: un sábado de paz.

Cuando la ceremonia acabó, me di cuenta que no era el único con lagrimas en los ojos, muchos nos habíamos emocionado con palpar la armonía lograda con un poco de voluntad y de aceptación de los otros.

Me acerque a saludar a Jacobo, lo felicité, y al girarse me presento al Dalai Lama. La sonrisa del monje tibetano se abrió y con ella una alegría sencilla, absolutamente infantil y al mismo tiempo tan poderosa que me convertía de inmediato en un niño de nuevo.

Nos despedimos y salí a la lluviosa Ciudad de México que parecía llorar porque los instantes de magia posible habían terminado, aunque quizá, me consolé, tan solo habían comenzado.

A mi lado paso un auto ingles muy lujoso, la ventanilla eléctrica se abrió, era la sonrisa del  Dalai Lama que se despedía de nuevo, Jacobo sentado a su lado me grito:

-Vamos a comer churros con chocolate al Café de Tacuba. Te quiero David  gracias por venir.

El coche aceleró salpicando los charcos.