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Yosomos el libro ya en papel.

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Para los amigos de los libros objeto,  les comparto que en http://www.amazon.com pueden conseguir su libro impreso con envíos para todo el mundo. Aquí les dejo el enlace directo https://www.createspace.com/4826994
Abrazos para tod@s

Lanzamiento del Libro Yosomos

Yosomos Portada

Mis querid@s lector@s:

Les comparto con gran emoción que ya esta listo el libro Yosomos en papel y en formato digital.

Ya que es un libro que toma su inspiración y título de nuestro blog, me pareció natural comenzar a distribuirlo desde una plataforma en linea.

Aquí les dejo el enlace a la tienda de Amazon en donde pueden adquirirlo:

Yosomos

Gracias a Mónica Schapira por la corrección de estilo.

Abrazos

Descripción del libro:

En el ejercicio de entender la individualidad como algo colectivo y atemporal fueron surgiendo estas historias que hoy, querido lector, tienes en tus manos.

Invente la palabra Yosomos para mi blog http://www.yosomos.com porque resume la idea de que estamos conformados por muchos yos, entre ellos los que hemos sido y los que nos rodean con nombres diferentes al nuestro.

Yos todos, que gracias a la experiencia de vivir vamos incorporando a nuestro ser hasta que ya no distinguimos la separación.

Este libro no se podría llamar diferente y al igual que la bitácora nace primero en Internet. La red de redes sirve como metáfora de la interconexión y la no localidad de la conciencia humana.

Buena lectura, buen viaje.

Les dejo también la primera reseña escrita por Amira Valle

5 Estrellas

Formato: Edición Kindle
Este libro invita a releerlo para poder apreciar toda la riqueza de la prosa, ya que no es solamente la idea y el concepto que presenta, sino también todas las sutilezas y la riqueza del lenguaje que nos ofrece en cada oración.
Nos presenta la propuesta de que Dios está en cada uno de nosotros, que nosotros somos y fomamos parte de esta divinidad, la cual no es exclusiva de ninguna religión. Esta idea es completamente compatible con la propuesta budista de que todos tenemos la naturaleza búdica dentro de nosotros y que nuestro objetivo es actualizarla, aunque es una propuesta sumamente radical desde el punto de vista judeo-cristiano, muy valientemente expresada en labios de otros grandes sabios, como el rabino Samuel, de la tierra natal de tus ancestros.
A través de cada uno de los personajes y la intimidad que nos ofrece a través de Pe, el autor nos da una gran cercanía; como estar hablando con un viejo amigo de toda la vida.
Dentro de cada personaje, nos presenta una gran riqueza histórica, filosófica y poética, en frases que pueden pasar desapercibidas en una primera lectura.
Podemos realmente vivir como nuestras la herencia judía y árabe, mezclada con la coincidencia de nacer en un momento histórico tan controvertido e intenso en México. Toda esta herencia conjugada en el nacimiento de Pe, no pueden más que aportar este caleidoscopio através del cual cuestionar la naturaleza de nuestra existencia, a través del cual te haces las preguntas más profundas y trascendentes que todos nos hemos hecho alguna vez ¿quiénes somos? ¿cuál es nuestro lugar en el universo? ¿cuál es nuestro propósito en esta existencia?
La respuesta que nos presenta David Grinberg, “Yo somos”, es clara y artísticamente presentada.

Dos Amigos

Dos amigos

He contado de la familia en estas paginas digitales, pero hoy quisiera escribir de los amigos. Escojo a uno como pudiera escoger a muchos otros. La verdad, no se muy bien la razón por la que se trata de Leonardo Cohen. A parte del cariño que le tengo, quizás se deba a que desde que tengo memoria ha estado muy cerca de mi o a lo mejor se debe a la intensidad de nuestras experiencias, las cuales aparentemente fueron vividas con enorme tranquilidad.

La historia inicia en donde comienza mi recuerdo, en una clase de preescolar, en la que un niño especialmente flaco y con lentes se comía el azúcar glas que sobraba del sobre para espolvorear los panques Suandy.

–              Me llamo Leonardo como el pintor italiano, mi papá también es pintor.

Estas son las primeras palabras que le recuerdo. Y luego en la primaria nos mirábamos sin hacernos caso, como si estuviéramos agarrando fuerzas para lo que vendría después.

–              Leo trae un listón negro y dice que no durmió toda la noche por estar llorando.

–              No es para menos, mataron a John Lennon.

–              Un fan, lo oí decir que lo admiraba mucho, que esta arrepentido.

–              Afuera de su casa.

–              Si, con una pistola.

–              Y Leo ¿Cómo esta?

–              Queda claro que no es John Lennon, pues sigue vivo.

–              Que simpático.

De pronto advertí que Leo Seguía ahí y yo podía compartir la música que me prestaban mis hermanos mayores con alguien que además veía todos los días. Y durante la secundaria nos quedamos meses sin salir el patio por cantar a Violeta Parra, Silvio Rodríguez, Oscar Chávez, Los Beatles, The Who, Van Morrison  … Eran los ochentas pero nosotros vivíamos el rock con un retraso de veinte años, era Polanco pero escuchábamos a la Nueva Trova.

Entonces Leo -de unos trece años- escribió una obra de teatro acerca de la guerra fría. Su personaje era por supuesto El Rojo y  yo El Azul, la historia acababa en explosión nuclear. Pero, en realidad hablábamos del odio al otro, al diferente, de lo que puede provocar y de hecho provoca. Sobra decir que Azul y Rojo eran exactamente igual de perversos.

Le costo más de un año, pero al final consiguió que me uniera al Hashomer Hatzair. Un minoritario movimiento juvenil scout, sionista y socialista , de hecho Leo esta por estrenar un video documental con este tema.

Los próximos años mi vida se centrarían en la Shomer como cariñosamente llamamos al movimiento juvenil ubicado en Calderón de la Barca 18 en Polanco. Desde el primer día -a los quince años- comencé a educar. Un niño formando a niños, la mejor de las utopías. Los contenidos eran impresionantes, todo estaba dirigido a la vida comunal. Desde los campamentos, hasta la historia del pueblo judío, los temas estaban salpicados y entendidos desde el fenómeno de la lucha de clases.

Daba igual que casi todos hayamos tenido coche desde los dieciséis o que los crímenes de Stalin especialmente dirigidos a los judíos tuvieran décadas de haber visto la luz. Nosotros éramos socialistas. Los coches servían para recoger y llevar niños a cada uno de los rincones de la inmensa Ciudad de México y la URSS había entendido mal el marxismo. Por lo demás éramos sobre todo antifascistas, nuestra casa o Ken (nido) llevaba el nombre de Mordejai Anilevich, el héroe que levanto las cenizas del Gueto de Varsovia contra la maquinaría Nazi y logro resistir más tiempo que toda Polonia junta. Vivíamos en y para el Ken, dejabamos de lado nuestras demás actividades y deportes para entregarnos a la causa del Kibutz y la Paz y estábamos afiliados a “Paz Ahora” el movimiento pacifista israelí que acabo con la primera Guerra de Líbano.

Aunque la verdad de las cosas es que estábamos ahí porque éramos inmensamente felices. Teníamos todo lo que un adolescente puede pedir: amigos,  amores, sexo, fiestas, danza, teatro, música, nuestro propio periódico y nuestro propio método de aprendizaje y enseñanza. El mundo cabía en aquella casa, de hecho no había algo más afuera o mas bien no queríamos que lo hubiera.

Estuvimos juntos en el Kibutz Gaaton en la Galilea durante casi un año. A Leo y a mi nos toco trabajar en la plantación de kiwi. A parte de recoger la fruta y podar, nos toco plantar decenas de nuevos árboles en un terreno rocoso y salvaje que limpiamos desde el principio. Los kiwis son árboles diseñados por el hombre gracias a la poda y a unos cables que los sostienen, en su estado salvaje la planta es una enredadera originaria de China.

Volvimos a México e irremediablemente crecimos en edad y nos despedimos de la shomer, aunque a algunos se nos quedo pegada en la piel me parece que para siempre.

Entonces empezó nuestra vida separados, Leo se fue a estudiar a la Universidad Hebrea de Jerusalén Historia de África, maestría en Religiones Comparadas, doctorado en Historia y con los años se convirtió en uno de los pocos estudiosos del cristianismo de Etiopía entre los siglos XVI y XVII. Los cristianos en aquel país africano han sido una minoría casi siempre oprimida.

A Leo siempre le gusto investigar sobre los “otros”, quizás creo yo, para encontrarse en los demás por más alejados que estén de su propia realidad, para demostrar acaso que cualquiera puede estar de un lado o del otro del poder con enorme facilidad y para decir que los personajes Azul y Rojo de aquella obra juvenil pueden llegar a ser exactamente iguales. Ahora mismo vive en Roma invitado por una renombrada universidad italiana para seguir con sus estudios de post doctorado.

Nos hemos visto en contadas ocasiones: en la boda de Chava su primo y mi gran amigo, en Madrid junto con Marcos -otro gran amigo- acompañando ambos a Leo en la producción de su documental sobre la Shomer de México y en Barcelona hace unas semanas en donde nuestros respectivas familias al fin se conocieron.

Como si nada hubiera pasado, como si de pronto el tiempo se comprimiera junto con el espacio que compartíamos, pasamos la mañana en un parque, comiendo pan y embutidos, hablando de todo y sobre todo de nada, disfrutando del sol del fin del invierno y riéndonos sin parar de cualquier cosa. Me encontré con Leo pero estaban presentes todos los demás. Estábamos en Barcelona porque en algún lado se ha de estar, aunque los jardines de La Tamarita eran también el Parque del Reloj.

Colegio Tarbut

Colegio Tarbut

Yosomos también 15 años de escuela entre la Cervecería Modelo y la Fabrica de Chocolates Larín.

Dentro de la estructura de cemento llevamos todo este largo periodo de tiempo.

Aunque nos dejan visitar a nuestra familia, la noche no es suficientemente larga para reponerse.

Los pantalones marca Topeka hechos de mezclilla acartonada nos raspan las piernas y las rodillas necesitan además de un parche que se pega con el planchado y cuya textura de plástico nos hace sudar.

A mi hermano lo invitan a buscarse otra escuela a los siete años por haber reprobado una materia.

A mi amigo lo expulsan por inexplicables problemas de conducta posteriores a la muerte de su madre.

A mi me dijeron que no podría escribir nunca nada con tan fea letra.

A todos nos dicen, todo el tiempo, que estamos en la mejor escuela, que tenemos que estar a la altura, que la carrera, el dinero y el éxito se consiguen siguiendo siempre sus reglas.

Nuestra educación esta en las mejores manos, del joven Estado de Israel vienen los nuevos hombres y mujeres a enseñarnos como enfrentarnos a todo. La pólvora de las guerras de Yom Kipur y del Libano aún les manchan los dedos y sobre todo la memoria.

Somos en cierto modo sus hijos, pero también quieren que seamos sus soldados mientras la atmosfera se llena de un olor a Chocolate Almonris, no a Tin Larín, no a Cerveza Corona y yo ya no puedo pensar.

Somos del mismo pueblo, unos luchamos y otros pasan los domingos en el deportivo ¿No se sienten culpables?

Somos el primer beso, el mejor amigo, el enemigo jurado, la primera decepción.

Somos el auditorio que no se puede usar después del temblor de 1985 pero por el que me cuelo con la más religiosa de la clase a buscar autentica agua sagrada.

Somos la última generación que crece sobre cemento, la próxima florecerá sobre la hierba fresca de Cuajimalpa.

Pero somos los que trascendemos todo eso, los que escribimos obras de teatro en el recreo, los que descubrimos el poder unificador de la danza y de la música.

Somos los maestros que nos llevan a los tiempos bíblicos, al país de Alicia, a Waterloo y de regreso a la Gran Tenochtitlan.

Y gracias a ellos también Aura, Génesis, Rayuela, Los Amorosos y Cien Años de Soledad.

Estudiamos biblia sin religión y los ateos no entienden para qué y los creyentes tampoco.

Suena la campana y leemos el Popol Vuh mientras comienzan los olores del sincretismo clarividente y contagioso.

Se escucha la sirena, es una evacuación, salimos en filas al jardín del Hospital Español, tenemos miedo. No sabemos si es otra bomba o si alguien no quiere presentar un examen. Somos ajenos, ni israelíes ni mexicanos ¿Qué somos?

Volvemos a clase, suena el acordeón y cantamos hasta la hora del lunch. Compramos sopes, arroz con mole, zanahorias y  jícamas con chile y limón. Saco mi torta de Salami Fud con queso en pan de Elizondo, mientras tomo agua de Jamaica todavía fría de mi termo.

Abrimos los ojos. Se acabo. Tenemos canas, hijos, matrimonio, divorcio, panza y algunas arrugas en los ojos. El Teatro Cuántico Condensado termina su ejercicio principal.

Nos abrazamos y cantamos. Estamos aquí 23 años después. Vivimos en la extensión de la extensión de la inmensa ciudad de México o más lejos aún a donde también nos la llevamos.

Es el pasado, ni mejor ni peor que el de los demás, simplemente él nuestro.

Estoy feliz de verlos, gracias a todos por venir a hacernos este regalo.

Los Participantes del Teatro Cuántico Condensado
Literal Amor a la Camiseta Original
Organizadores: Halina y David

El Grinberg de las Galaxias

Hay casas unifamiliares, también multifamiliares ¿Pero habrá familias multifamiliares? ¡Vaya redundancia!

El punto, es que si las hubiera, la mía sería una de ellas.

Para muestra, déjenme les presento a los hombres de mi familia (A las mujeres ya les llegará su turno)

Aclaro que todo lo que escribo es desde mi relativo y limitado punto de vista.

Seis hijos y su patrón en la boda de Nathán el segundo mayor que viste de Smoking y que esta igual de feliz que todos los demás. No me acuerdo del chiste que contamos durante la foto, pero seguro había uno en el aire, siempre hay uno, aunque para la foto hayamos tenido que guardar un poco las formas

Voy a empezar por mi padre al centro de sus seis hijos.

Dani, David, Jacobo, Abraham, Nathán, Ari y Jerry

En la foto de izquierda a derecha: Dani, David, Jacobo, Abraham, Nathán, Ari y Jerry

El Grinberg de las Galaxias

Abraham hijo de Samuel David, nacido Warshavsky en Sokoloff Podliansky y para poder llegar a México rebautizado como Abraham Grinberg, aunque al desembarcar en Veracruz en 1929 su padre logro que el Warshavsky se le quedará de segundo apellido, debido a que en Polonia se usa solo uno y en México dos. Es por mi, conocido simplemente como Abraham mi papá.

Llego a la Ciudad de México a los siete años y fue directo a estudiar en la Primaria Pública, en donde se le conocía paradójicamente como: El Polaco y digo paradójicamente porque en Polonia era: El Judío.

Luego paso al Colegio Israelita de México en donde estudio hasta la secundaria. Jugador de fútbol y de frontenis, el deporte siempre lo llamaba y lo hacía inmensamente feliz. Tengo que decir que herede su amor por las actividades físicas especialmente por cualquiera que incluya una raqueta.

Se dedico al negocio de la piel para zapatos y chamarras, empezó a trabajar con su padre para luego independizarse con su propia peletería en la Calle Republica del Salvador en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

A mediados de la década de los cuarenta se caso con su gran amor: su prima Estusha, pasando sus mejores momentos en el paradisiaco y entonces aún pequeño puerto de Acapulco. De hecho toda su vida considero ese lugar como el mejor destino posible para pasar unas vacaciones. Yo me tardaría quince años en conocer otra playa, en un país con miles de kilómetros de litoral en dos océanos.

A Abraham y a Estusha la vida les sonreía, habían tenido tres hijos: Jacobo, Nathán y Jerry. Lograron comprarse una casa, eso si, en una colonia lejana y recién inaugurada de nombre Polanco. Para quién no conoce el DF, esa colonia es hoy en día el corazón financiero del país.

La pareja de jóvenes, guapos y prósperos se encontraron de pronto frente a la inexplicable aparición de un tumor cerebral en Estusha. Todo cambio de repente. Las risas se convirtieron en dolor, las vacaciones a Acapulco en visitas a especialistas de México y Estados Unidos y la familia se reunía ahora alrededor de la cama de una bella mujer que se marchitaba con los días.

Jerry y Nathán, aun más pequeños que Jacobo, jugaban en el Jardín mientras el hermano mayor pasaba horas acompañando a su madre y preguntándose que pasaría dentro de su cabeza, de su cerebro, de su mente y de su consciencia que iba y venía.

Después de mucho sufrimiento y unos meses después de la Fiesta de Bar Mitzvah de Jacobo, la muerte visito la casa de Sócrates 308.

Mi padre Abraham nunca superaría esa experiencia, dejo a los tres niños con la mínima atención, hoy se que era incapaz de hacer otra cosa, e intento cerrarse las heridas olvidando y para olvidar se caso muy poco tiempo después con Tova.

Lo primero que hizo al llegar del viaje de luna de miel, la segunda mujer de mi padre fue dejar la casa de Polanco para no cargar con los recuerdos y despedir a Petra que más que una Nana era un gran vinculo de amor para los niños.

De vuelta en la Colonia Condesa nació Ari, el cuarto de mis hermanos. Pero Tova y mi Papá no se llevaron nada bien. Se divorciaron al poco tiempo y Tova se llevo a Ari sin que mi padre hiciera nada para evitarlo. Al cortar todo vinculo con su segunda mujer, lo corto también con su hijo. Tanto, que al poco tiempo Tova le cambio el apellido a Ari, poniéndole el de su segundo esposo: Telch. Por eso tenemos un hermano que no se apellida Grinberg.

De nuevo solo, mi padre tardo poco en conocer a su tercera mujer, Kemy, mi madre. Recién llegada de Beirut y rondando los veinte años, mi mamá se enamoro de mi padre que se aproximaba a los cincuenta. Se casaron y nacimos Dani y yo.

Pasaron unos primeros años muy felices de vuelta en Sócrates 308, mi padre encontró la serenidad que le faltaba y logro hacer una rutina perfecta de frontenis muy temprano en la mañana, trabajo hasta las seis de la tarde, algunos momentos de domino y cartas y muchos de televisión. Días tranquilos que terminaban en la cama con alguno de sus libros de su fabulosa colección de ciencia ficción, los cuales para mi alegría le encantaba contarnos a Dani y a mi cuando íbamos a darle el beso de las buenas noches. Todavía hoy sueño con marcianos, invasiones a la tierra y viajes por las estrellas.

¿Y vacaciones? Por supuesto en Acapulco, frente a la Playa de Hornos, en un hotel vecino de un frontenis en el cual empezaban los días.

Sin embargo, la enfermedad llego otra vez a la casa, esta vez era silenciosa, por momentos imperceptible. Siempre era demasiado tarde cuando se manifestaba en un brote psicótico acompañado de una euforia inexplicable que se traducía tarde o temprano en violencia especialmente dirigida contra mi madre. No eran golpes, era algo peor, era una forma única de culparla de todo, de dejarla sin ningún apoyo, de devaluarla sin posibilidades de recuperarse, de aplastarla. Nunca he sentido nada más horrible que cuando escuchaba los gritos de mi Padre, escondido detrás de una puerta, de una columna o hasta debajo de la cama.

Como hijo tengo que agradecerle a mi padre aparte de la vida muchas cosas: el amor por el deporte, por la lectura, mi sustento, mi educación y la libertad de no tener un yugo religioso pero conservando la riqueza cultural que me vincula a mi pueblo de origen.

Pero no he podido (aunque no dejo de intentarlo diciéndome que estaba enfermo) perdonarle las agresiones a mi mamá.

Sus últimos años no fueron felices, mi mamá no soporto más y lo dejo, vendió la casa de Sócrates, los hijos hacíamos nuestra vida, su salud mental pendía siempre de un hilo, su hígado ya no aguantaba después de tantos años de litio para estabilizar su Manía Depresiva y el sistema respiratorio se le iba deteriorando. Además no había visto a Jacobo, su hijo mayor en años y nadie se atrevía a decirle que estaba desaparecido.

Yo estaba recién casado y Mery mi mujer se había quedado embarazada. Finalmente conseguimos una residencia para mi padre que combinaba ayuda de psiquiatría con cuidados para su avanzada edad. Pase por él una mañana a su departamento y lo convencí de ir a la residencia, hicimos las maletas y nos fuimos a Cuernavaca. Recuerdo tan bien el camino, es como si cada poste, cada convoy del metro en dirección contraria sobre Calzada de Tlalpan, cada trailer que pasamos, cada árbol de la subida a Tres Marías, hubieran decidido quedarse en mi cabeza para siempre.

Cuando llegamos a la residencia, yo supe que mi padre estaría bien en medio de flores y música clásica, lo que nunca me imagine es que sería por tan poco tiempo. Desempacamos y lo acompañe a que se tomará una Coca con limón, le dije que iba a ser abuelo de su primer nieto varón, se puso feliz.

–  Tu si saliste a mi ¡ tu si sabes hacer hombres ¡

Lo abrace, nos despedimos, me regrese al DF a hacer telenovelas. Me esperaba una grabación nocturna, personajes de cartón se tenían que bajar y subir de sus coches, taxis, motos.

Mi hermano Dani lo fue a ver el domingo siguiente y regreso tranquilo. Pero unos días después, le llevaron el desayuno y se sentó a comer en la mesita de su cuarto, cuando regresaron por los platos, Abraham Grinberg Warshavsky descansaba en paz.

-Papá, no se como le hice para que salieran varones, pero tengo dos niños a los que adorarías. Tu apellido, el que te salvo la vida, ahora vive en Europa de nuevo y yo te extraño cada vez que le invento un cuento a tus nietos, historias que no se comparan en nada con las tuyas, con tus extraterrestres, tus viajes por el tiempo y tus cohetes intergalácticos.

26 de noviembre de 1994

26 el 26

Lo que había sido mi vida hasta entonces estaba cambiando tan rápido que literalmente el suelo se movía bajo mis pies.

Mi madre había decidido divorciarse y se salio de la casa de todos en Sócrates 308, la cual yo también había dejado unos meses antes para irme a vivir con mi hermano Ari y mi padre pasaba por un brote maniaco depresivo que lo tenía entrando y saliendo del hospital psiquiátrico.

¿Y México? ¿Qué se puede decir de su 1994? Mientras en las primeras horas del año el gobierno festejaba la entrada del país en el TLC (que era según ellos la puerta al primerísimo primer mundo) el EZLN le declaraba la guerra al estado, armado con rifles de madera pero sobre todo con una avanzada arma secreta: ¡ los  emails ! que salían desde Chiapas a todas las agencias de noticias internacionales y que nos harían saber a todos -incluso a los mexicanos- que el periodo de paz (si algún día hubo tal cosa) había llegado a su fin. La confirmación de que México ya no sería el mismo llego desde la cúpula del poder y su partido con los subsiguientes asesinatos políticos jamás esclarecidos.

Yo acababa de terminar la carrera de comunicación y el trabajo de periodista que encontré empezaba a las cinco de la madrugada cuando yo me acostaba tres horas antes después de ensayar teatro por las noches.  Así que vivia en un estado de zombie perpetuo. Además había viajado a hacer un documental a los campos de exterminio nazis y calificaba material espeluznante para su edición. Y por si fuera poco, la mujer que había estado conmigo durante siete años ya no se veía en mis ojos y decidió dejarme.

Era sábado y mi mamá había hecho una comida para la familia en su recién alquilado departamento de la Colonia Granada. Aquella tarde mientras llegábamos uno a uno ya nos esperaba Jacobo que había sido , cosa rara, el primero en llegar solo, sin su esposa Tere.

Vaya sorpresa y además me tenía preparado su última publicación: “El Yo Como Idea”,  un abrazo y empezó a escribirme una dedicatoria.  Me dio el libro y empecé a  hojearlo , me atrapo de inmediato, así que seguí leyendo mientras los demás iban llegando y charlando.

Me enfurecí por primera vez en mi vida (y creo que será también la única) con mi hermano mayor, no podía entender cómo se atrevía a renunciar incluso a si mismo,  cómo aquel genio que llevaba publicados más de cincuenta libros decía tan tranquilamente que hasta el mismo era una idea, de alguien más que tenía una idea, de alguien más que tenía una idea, de alguien más que tenía una idea y así hasta el infinito.

Como hermano me dolía escuchar que renunciaba a si mismo, pero en realidad lo que me ponía así de mal -hoy lo se- era una premonición que se cumpliría tomando en cuenta que esa fue la penúltima vez que lo vi.

A la hora del café turco y mi pastel de 26 años cumplidos el 26 de noviembre, quedamos todos en encontrarnos dos veces en los próximos días, la primera en el estreno de una obra en la que trabajaba y la segunda el 12 de diciembre para festejar el cumpleaños precisamente de Jacobo. Me despedí seguro de verlo en su cumpleaños y seguro también de que no llegaría al teatro. Me equivoque por doble partida.

El  día de mi estreno Jackie llego media hora antes del comienzo y aprovecho para hablar con Jerry nuestro hermano y con mi mamá Kemy. Les dijo que tenía miedo de su esposa Tere, que incluso ya no dormía en su casa prefiriendo pasar la noche en el coche. Luego, a solas con Jerry, le agradeció que lo hubiera rescatado años antes durante su viaje a la India y le comento que quizás necesitaría su ayuda otra vez.

La obra se termino y Jacobo se acerco a felicitarme, recuerdo las cosquillas de su gran barba negra al darme un cariñoso beso.

El 12 de diciembre de 1994 como cada año en México, millones de hogares festejaban a sus Lupitas mientras un pastel se quedaba con las velas intactas, Jacobo no había llegado y no llegaría tampoco a sus próximas catorce fiestas de cumpleaños.

Sócrates 308

Perdonaran queridos lectores que no ponga una fecha exacta a lo que voy a contar pero estamos hablando de principios de los años ochenta  y no creo que tenga importancia, pues voy a recrear un domingo cualquiera en la casa donde nací y crecí.

Dedicado a mi familia toda con todo mi cariño.

Sócrates 308

La televisión Sony Triniton  comprada por mi padre en el barrio de Tepito transmitía a todo color y a mayor volumen, la final del Abierto de Estados Unidos, entre Jimmy Connors  e Ivan Lendl. Eran la dos de la tarde y habíamos llegado hace unos minutos desde el frontenis del deportivo a la casa de Polanco: mi padre Abraham, mi hermano Dani y yo de unos catorce años.

Mi mamá Kemy junto con Petra -la nana de todos- ponía la enorme mesa.

El menú de los domingos era siempre el mismo: para empezar consomé de pollo y luego arroz a la mexicana, frijoles, carne deshebrada con mole y tortillas, muchas tortillas. Solamente cuando Petra se tomaba varios días de descanso, mi papá iba por unas carnitas con chicharrón al famoso Grano de Oro. Pero hoy Petra estaba y se notaba por su mal humor, hasta que llego el recién casado Jerry con su esposa Esther para dibujar en su cara morena un sonrojo de alegría mientras abrazaba a su “gordito.”

Se escucho por primera vez aquella tarde la pregunta habitual:

-¿ Va a venir Jackie (Jacobo) ?

-No se, contesto Kemy, con ese muchacho nunca se sabe.

Dani y yo corrimos a enseñarle nuestra nueva manopla de béisbol Palomares a Jerry y salimos los tres disparados al jardín para unos lanzamientos mientras Bucky el perro corría como loco tras la pelota de cuero.

Mi padre no podía despegar la vista de la tele; la vida le había quitado a su dios en Polonia, a su gran amor en el quirófano y la poca cordura que le dejo estaba ligada a su dosis diaria de litio que lo mantenía en un estado bastante apático y alejado de la realidad, aunque siempre mejor que durante sus brotes psicóticos.

Nathán apareció en la puerta, venia de recoger a Liz su novia y fue directo a la cocina a abrir las ollas. Petra se volvió a enojar ante la invasión.

–       ¿Qué hay de comer para mi? Sabes que estoy malo de la panza.

–       Uy que novedad. Pues hay arroz y te guarde pollo del consomé.

–       ¿El arroz tiene ajo?

–       No. Mintió Petra.

Nathán y Liz fueron a saludar al patrón que mientras los besaba no despego la vista de la pelota que iba de un lado al otro de la pantalla.

–       ¿Va a venir Jackie?

–       Con tu hermano nunca se sabe.

Para entonces se habían hecho las tres de la tarde y todos nos moríamos de hambre.

–       ¿Esperamos a Jackie?

–       No voy a esperar toda la tarde, además se me van e enfriar las tortillas. Grito Petra.

–       A comer. Dijo mi mamá.

Inmediatamente nos sentamos a la mesa a devorar las delicias domingueras.

Comíamos mientras la tele pequeña del comedor seguía transmitiendo el duelo entre Lendl y Connors.

–       Lendl se parece al conde Drácula.

–       No sabía que en Transilvania hubiera canchas de tenis.

–       Muy bien ¡Que bola! Grito mi padre mientras Connors lograba su primera bola para partido.

–       Muy bien Jimmy, los veteranos sabemos jugar mejor que los novatos.

Connors escucho a mi padre y se hizo con el trofeo, pero la tele no se apago, tuvimos que ver los comerciales de la Rubia Superior y esperar a que Jimmy alzara la copa para que la tele finalmente se callara. Para entonces Jerry dormía en un sillón mientras que Liz, Kemy y Esther se tomaban su café turco, hasta Nathán se animo a probar un poco.

– Solo para que Kemy me lea la taza.

-Una, dos y tres vueltas, ahora lo dejamos asentar.

Las tazas de las mujeres estaban llenas de estrenos, visitas y en el fondo del asiento dinero, pero la de Nathán tenía forma de intestino y mi madre no supo muy bien que inventarle.

–       ¿Y Jackie a qué hora llega?

–       Si es que llega.

Mientras tanto Dani -2 años menor que yo- jugaba con Buckie y conmigo béisbol, hasta que el vidrio que dividía el jardín con el comedor fue atravesado por una de mis mejores pichadas.

Se acabo la lectura del café y hasta la siesta de Jerry. Mi mamá nos gritaba sin parar. Por suerte en ese momento entro Jacobo.

Vestía una camisa oaxaqueña blanca y nada más importo.

Todos a saludarlo, mi padre el primero, saliendo de su tristeza al ver a su hijo mayor.

Jacobo nos abrazo a todos y se sentó en la mesa . Mientras saboreaba la comida de Petrita nos dijo sin más.

– En Cuernavaca estamos enseñándole a los niños a mirar con las manos.

– ¿A ver con qué?

– Si, les tapamos los ojos y les enseñamos a mandar al cerebro el mismo estimulo que envían con los ojos pero con las manos. Porque en realidad no vemos con los ojos, las imágenes son tan solo un producto de nuestro cerebro, lo único que hay que hacer es cambiar el canal de entrada.

Nadie creyó ni comprendió algo que a Jacobo le resultaba tan natural y obvio, pero ninguno hablo.

– ¿Me enseñas a ver con las manos? Rompí el silencio.

– Claro, contesto.

Más de veinticinco años después las cosas aparentemente han cambiado mucho, entre otras cosas,  Abraham ya no esta con nosotros y la casa de Sócrates 308 se convirtió en un edificio.

Pero Petra sigue cocinando en Tlaxcala, Nathán sigue teniendo problemas de digestión, Jerry es un experto en siestas y en jugar con los niños, Dani es de los pocos jugadores de frontenis en México con menos de setenta años, Kemy nos sigue leyendo la taza de café turco y yo cambie la raqueta por la pala de Padel así que sigo lanzando pelotas contra los cristales.

Y eso si, todos nos seguimos preguntando:

– ¿Va a venir Jacobo?