Un Viernes de 1991

Llegue a la Catedral en el metro. Ninguno de los hermanos podía dejar sus ocupaciones y Estusha no estaba en México DF, así que de la familia, solo fui yo.

Jacobo había hablado a la casa un par de días antes para decirnos que habría un servicio interreligioso en la catedral con motivo de la visita del Dalai Lama a la ciudad. El rabino Palti de la Comunidad Sefaradí de México no podía acudir en representación del judaísmo por ser la víspera del Shabat, así que había pedido a Jacobo que lo sustituyera.

Me senté en la abarrotada catedral a escuchar, al Arzobispo, al Imán, al Pastor a Jacobo y al Dalai Lama.

Recuerdo a los asistentes, a las personas humildes que normalmente acuden al céntrico recinto, sentados al lado de  are – krishnas, árabes con turbante, hippies, mujeres elegantes, hombres con traje de marca…

El servicio ecuménico estaba dedicado a la paz y cada uno de los ministros o sacerdotes hizo una pequeña plegaria por ella.

Yo miraba una y otra vez hacia donde se encontraban los representantes religiosos y mi asombro era total. Estaban todos juntos en el estrado del más importante recinto católico de America, rezando por lo mismo y mi hermano (que no tenía nada de Rabino) representaba a los judíos desde el asiento contiguo al Dalai Lama. Confieso que me costaba asimilar lo que veían mis ojos y lo que escuchaban mis oídos.

Pero era así, la catedral vibraba en armonía con lo que ocurría en su interior, mientras Jacobo hablaba de la unión entre todos los seres humanos por encima de toda diferencia, tal como aquella ceremonia la comprobaba. Concluyó rezando la plegaría del Shema Israel, pronunciando la bendición del vino y deseando a todos los presentes Shabat Shalom: un sábado de paz.

Cuando la ceremonia acabo, me di cuenta que no era el único con lagrimas en los ojos, muchos nos habíamos emocionado con palpar la armonía lograda con un poco de voluntad y de aceptación de los otros.

Me acerque a saludar a Jacobo, lo felicite, se volteo y me presento al Dalai Lama. La sonrisa del monje tibetano se abrió y con ella una alegría sencilla, absolutamente infantil y al mismo tiempo tan poderosa que te convertía de inmediato en niño de nuevo.

Nos despedimos y salí a la lluviosa Ciudad de México que parecía llorar porque los instantes de magia posible habían terminado, aunque quizá, me consolé, tan solo habían comenzado.

A mi lado paso un auto ingles muy lujoso, la ventanilla eléctrica se abrió, era la sonrisa del  Dalai Lama que se despedía de nuevo, Jacobo sentado a su lado me grito:

-Vamos a comer churros con chocolate al Café de Tacuba. Te quiero Dudi gracias por venir.

El coche acelero salpicando los charcos.

5 comentarios en “Un Viernes de 1991

  1. Te felicito David, hermoso relato y magnifica experiencia, me alegro que lo compartas con tus lectores.

    En un partido de futbol, dos delanteros rivales le piden a D-os que les ayude a marcar goles para sus respectivos equipos, los dos son catolicos; en ese mismo partido los porteros de cada equipo, le piden a D-os que les ayude a evitar que los goles contrarios entren en sus porterias, uno es Judio y otro Musulman, el arbitro del partido es Budista y el resto de jugadores no creen en D-os.

    No crees que quiza D-os prefiera jugar a los dados en lugar de tratar de complacer a cada jugador?

    Un abrazo

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  2. Hola Dudi,

    Estoy entre sorprendida y en shock! Te felicito por este trabajo. Nunca dejes de recordar, de escribir, de buscar, de tener fé. La memoria es lo que tenemos para siempre recordarnos vivos.

    Te mando un beso bien fuerte.

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