Archivo de la etiqueta: Mexico City

19 septiembre 2017

Por la mañana comentaba con unos amigos que yo tenía la edad de mi hijo durante el sismo de 1985.

A la 1:14 tembló como nunca lo había sentido.

Y hoy 20 de septiembre mi querida Colonia Condesa es el infierno para los que aún respiran bajo los escombros y el paraíso para los que habían perdido la fé en la humanidad. Y no creo estar exagerando.

De pronto con palos, cascos y guantes cientos de jóvenes caminan en dirección a los derrumbes.

Se llega a cualquier sitio y sin preguntar te vuelves parte de la cadena que pasa escombros, agua, comida o medicinas.

Llevamos algunas cosas a un centro de acopio, al Club Junior de la calle Baja California, después nos quedamos a ayudar. Todos traían de todo. Por ejemplo: las botellas de agua llegaban en camiones, camionetas y hasta en las canastillas de las bicicletas. Nada era poco y nada parecía alcanzar.

Increíblemente estábamos autorganizados, de alguna forma la intención de ayudar hacia que funcionaramos a la perfección sin importar ninguna posible diferencia.

Sin olvidar el profundo dolor por los que sufren está tragedia en todo México, hoy me sale decir:

 amo a mi ciudad. 

Anuncios

Ciudad, Túnel, Humo. Parte 2

Salieron vestidos de ropas multicolores, tocando sus tambores y sus instrumentos mientras cantaban con enorme orgullo a Krishna rodeados del humo del incienso, por las calles de la Colonia San Miguel Chapultepec.

Ella iba al centro del grupo, su pelo negro y chino cubierto por una mascada naranja y sus ojos verdes. Bailaba en medio de todos a pesar de haber llegado al Ashram de los Are Krishna hace apenas una semana.

De niña sus padres la llevaban a aprender de  Guru May en la Condesa, los veranos se pasaban en de retiro en el Estado de Nueva York, haciendo trabajos comunitarios. Un par de viajes a India después y la alegría de dar ya viajaba por su interior.

Más tarde en la secundaria dejo a su Guru para unirse a un rabino de Lubavitch que había conocido en Polanco a la salida de su escuela, un gordo pelirrojo y simpatico que de no haber sido estudioso de la Torah,  sin duda encabezaría a una compañía de clowns. El Rabino le dio un camino y cosas que hacer desde que abría los ojos muy temprano, hasta que los cerraba en la noche y los sábados eran un banquete de historias que pasaban de generación en generación, siempre con una moraleja, un mensaje aplicable a  la vida.

Justo antes de terminar el colegio conoció el amor por alguien en concreto de la manera menos espiritual, el joven del que se enamoro estaba continuamente hasta arriba, siempre intoxicado. Salian de martes a sábado de un bar al otro, sin ofrecerle nada más que diversión. Ella había aceptado poniendo de lado el amor universal, rendida a todo placer y sin poner el más mínimo pero.

Hasta esa mañana de hace una semana en la que si bien no recordaba cómo había llegado hasta ahí, ni en qué momento se acurruco en un cartón bajo el techo de la panadería del Metro Juanacatlán, si recordaba el instante en que sintió su cuerpo demasiado estimulado desde afuera y su alma como una fosa de clavados sin agua.

Amanecía y pasaron con incienso y panderos, no la invitaron a seguirlos, ella se quito los zapatos y los persiguió hasta el Templo Are Krishna de la calle Tiburcio Montiel.

Canto, bailo y un hombre rapado y con una enorme barba blanca le hablo del Atma, el alma, la conciencia inmaterial que baña la existencia humana y la conecta con el infinito.

Así que hoy festejaba a Krishna moviendo la cabeza, sintiendo los resortes de su pelo negro rozando su cara por última vez.