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Tío Roberto

Dirigimos el catamarán a la playa al final de la tarde luego de varias horas en el mar impulsados por el viento de diciembre. Apretando hilos para que las velas encuentren su combustible a tiempo para convertirlo en impulso, en giro de 180 grados, en velocidad cuando se llega al mar abierto y hay que competir con las enormes olas. Bajo el piso de tela semitransparente se ve el agua, la ilusión de un río que corre cuando en realidad quién se mueve es la ligera embarcación. Cuando no ayudo con las cuerdas a mi Tío Roberto, al cual mi mamá, mi abuela y sus demás hermanos llamaban Robert con acento francés, alterno bocarriba para ver al viento invisible mover las telas, bocabajo para sentir las gotas que salpican las aspas al cortar el agua, mirando atrás como se dibujan dos estelas y para adelante, a dónde mi tío dirige el timón con sus enormes manos.

Una ola grande nos lleva a tierra firme, empujamos el velero hacía dentro de la playa, y salgo corriendo para subir a mi mirador, llego al balcón y me pongo el walkman, previamente cargado con el casete del Concierto para Violín y Orquesta de Tchaikovski. Mientras las esponjas negras de los audífonos cubren mis oídos, mis ojos miran estupefactos al sol que poco a poco se mete en el mar, para después pintar de rojo, morado y naranja un cielo imposible.

Roberto y su seguridad, si alguien encarna lo que se me presento como Lo Masculino, sin duda era él.

El más alto de la familia, el único de los hermanos con ojos azules y sobre todo con una seguridad difícilmente alcanzable.

Al cumplir los 18 huyó del Líbano en donde vivía como una especie de refugiado sin tener ninguna nacionalidad a Canadá, las cosas con su pasaporte no del todo legal se le complicaron y tuvo 24 horas para comprar un billete hacia Haifa, desembarcar en el recién nacido Estado Judío y enlistarse en el ejercito el mismo día de su llegada.

Afortunadamente le toco servir entre la Guerra del Sinaí de 1956 y la Guerra de los Seis Días en 1967.

Mientras tanto en Beirut, mi abuela, sin jamás rendirse en su afán por dirigir la vida de sus hijos, había localizado a una de sus hermanas viviendo en México y de la cual no había tenido noticias en más de 30 años, le había escrito y conseguido una invitación para su primogénito Robert, el cual, la liberarse del ejercito, de nuevo cruzo el Atlántico obedeciendo las instrucciones de su madre.

Es recibido en México por su tía, la cual intenta casarlo con su hija, pero decenas de años después habían abrazado otras creencias. Roberto hábilmente se logra zafar, se acerca a la comunidad y conquista, en una sola cita, a la hija de un banquero. Logrando una elegante boda, tres meses después.

Desde ese día se terminaron las penurias económicas para él, para sus padres y para sus hermanos, que al poco tiempo, en la navidad de 1965 llegaron a la iluminada Ciudad de México para nunca más dejarla.

Robert tiene cuatro hijos, una gran casa con jardín en un barrio residencial y siempre, un enorme Ford Galaxy.

Tiene en su estudio, insignias del ejercito, una vitrina con sus escopetas para ir de cacería y una foto con el mismísimo David Ben Gurion.

Robert fuma enormes puros, nunca cigarros.

Galán de galanes, sus admiradoras de todas las edades lo siguen buscando independientemente de los años que inevitablemente se le van acumulando.

Asientos reservados, siempre con la mejor ubicación en la sinagoga, en las conferencias y en todos los eventos sociales.

Generoso con los suyos, sin ningún tipo de limite, nos adopto a nosotros, sus sobrinos, también como sus hijos.

En el balcón todos los tonos de rojo se van transformando en oscuridad mientras la primera estrella aparece tenue a lo lejos. La música viaja directa del casete a mis oídos, me lleva y me trae por lo que el tío es en mi vida.

Un torbellino masculino adaptado totalmente al mundo de los industriales, socio del mejor club de golf, pidiendo ese pescado a la sal que se mete al horno tan solo después de que Roberto ha verificado su frescura, tocándolo, oliéndolo y mirándolo a los ojos.

En ningún gasto se escatima, si se necesita más, se produce más, no hay limites para quien funda un estado, triunfa en los negocios y es apreciado, pero sobre todo respetado.

Las cenas familiares con motivo de las fiestas son eventos de una importancia suprema. Independientemente de la casa en donde se llevan a cabo, mi mamá y mis tías cocinan desde dos meses antes, apartan el mejor corte de carne, consiguen hierbas y especies desde el medio oriente y hasta la extrañísima hoja melujiye, enviada desde Egipto, llega a la fastuosa mesa.

Todas las mujeres estrenan sin falta ropa y mientras se sirve la comida, hay aceitunas negras y rojas, frescos pistaches y algunas kipes fritas para ir abriendo el apetito.

Llega el llamado al rezo previo al banquete. Todos nos acercamos a la mesa principal, poniéndonos delante de nuestros padres para ser testigos de las bendiciones.

Con un libro en la mano izquierda y una copa de vino dorada en la derecha, el Tío Roberto comienza a rezar, la atención es total. Amen, podemos estar tranquilos, todos tendremos un gran año, comienza la ronda de besos y abrazos, qué no quede nadie sin recibir los buenos deseos. 

Finalmente Roberto se sienta en la cabecera, la soltera de mayor edad le acerca agua para lavar sus manos, ya con todos en la mesa en completo silencio, bendice el pan y podemos comenzar a comer.

Mi abuelo materno murió joven, en Beirut hace muchos años, dejando a Robert el trono, el bastón de mando, una posición asumida por él y aceptada por todos sin rechistar. La cena representa miles de años de tradición, de jerarquía, de orden presentado como cósmico, de leyes escritas que se cumplen a rajatabla como la santidad de los alimentos y de otras muchas reglas no escritas, motor de las relaciones familiares. 

El cielo se ha vuelto negro y las primeras estrellas comienzan a parpadear en una noche sin luna, el agua ha apagado su brillo y la brisa se ha detenido de golpe. Los dos lados del casete de Tchaikovsky se terminan con un crescendo acompañado de los movimientos más rápidos que se pueden hacer con un arco de violín. Me quito los audífonos, escucho las olas llegar a la playa y abrazo el lugar del que vengo y la libertad de poder caminar al lugar que quiero ir.

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