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Instante Cósmico

A poco más de una semana del segundo 19 de septiembre y desde un país en luto desde el sur hasta el centro, las preguntas y las reflexiones se multiplican en mi cabeza.

Lo primero es asumir que hay acontecimientos que escapan a cualquier previsión, a cualquier intento por anticipar y que en nada dependen de nosotros. Los terremotos nos hacen saber lo vulnerables que somos, se burlan de nuestra soberbia.

Lo segundo y más importante es que en nosotros esta convertir la realidad que se nos presenta, por más dolorosa que sea, en amor, en fe y en colaboración.

Formamos y al mismo tiempo somos la cadena que ayuda. La voluntad y la intención de cada eslabón contiene a toda la organización y es por eso que no necesitamos a ninguna autoridad que nos de instrucciones. Somos ayuda auto gestionada porque somos la ayuda en si misma.

Si colaboráramos de forma directa con los otros estoy seguro que tendríamos una sociedad completamente distinta, pero nos hemos malacostumbrado a dejar que sean instituciones las que se encarguen, construyendo la ilusión de que las cosas de los otros no son asunto nuestro. (Es más fácil controlar a un pueblo dividido y si encima ignora su poder…)

Pero no quiero hablar de las autoridades, quiero hacer constar que la separación entre nosotros es una ilusión y la solidaridad es el pegamento natural que tanto nos hace falta en estos y todos los días.

Nuestro cuerpo y nuestra mente no están separados, tu y yo no estamos separados, los elementos que nos conforman y en dónde existimos tampoco están afuera de nosotros.

Parece que las placas del subsuelo siguen vibrando para recordarnos que pertenecemos a la tierra, estamos hechos de sus elementos traídos de las estrellas y estamos aquí tan solo por un instante cósmico.

Cuento Cibeles

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19 septiembre 2017

Por la mañana comentaba con unos amigos que yo tenía la edad de mi hijo durante el sismo de 1985.

A la 1:14 tembló como nunca lo había sentido.

Y hoy 20 de septiembre mi querida Colonia Condesa es el infierno para los que aún respiran bajo los escombros y el paraíso para los que habían perdido la fé en la humanidad. Y no creo estar exagerando.

De pronto con palos, cascos y guantes cientos de jóvenes caminan en dirección a los derrumbes.

Se llega a cualquier sitio y sin preguntar te vuelves parte de la cadena que pasa escombros, agua, comida o medicinas.

Llevamos algunas cosas a un centro de acopio, al Club Junior de la calle Baja California, después nos quedamos a ayudar. Todos traían de todo. Por ejemplo: las botellas de agua llegaban en camiones, camionetas y hasta en las canastillas de las bicicletas. Nada era poco y nada parecía alcanzar.

Increíblemente estábamos autorganizados, de alguna forma la intención de ayudar hacia que funcionaramos a la perfección sin importar ninguna posible diferencia.

Sin olvidar el profundo dolor por los que sufren está tragedia en todo México, hoy me sale decir:

 amo a mi ciudad. 

Dos Siglos de Sol

Dos siglos de sol, dos siglos de independencia. Poesía mexicana en la Casa América de Barcelona

Dos Siglos de Sol

Así titula Pablo Raphael la lectura dramatizada de lo mejor de la poesía de México a lo largo de su vida independiente.

Detrás de esta puesta en escena hay una cantidad enorme de entrelazamientos vitales que van desde las mágicas mañanas atreviéndonos a escribir en el Taller Literario de la Capilla Alfonsina  de la Colonia Condesa de México DF; en  los que Pablo y yo éramos guiados por la amorosa y paciente Alicia Reyes. Hasta una noche de narración en voz alta en la que descubrí al talentoso Edson Lechuga, convenciendo a todo el publico de que la literatura no es solamente ese placer solitario, si no también, ese juego colectivo de escuchar, sentir, reír e imaginar al unísono.

Estoy muy bien acompañado en el escenario por Edson y también por Ana Díaz de León y Lolita Bosch que leen desde abajo en vivo.

Así que querid@s lector@s de Yosomos, los invito a no perderse este estreno con entrada libre en la Casa América de Cataluña.

Les dejo un Poema de titulo “Muéstrame” escrito por mi, para aquel taller literario de 1995.

Un abrazo


Juanacatlán

Hacía varios años que la Avenida Juanacatlán de la Colonia Condesa había cambiado su nombre por el de Alfonso Reyes el ilustre escritor vecino del barrio. Pero en mi familia la calle sería siempre Juanacatlán ya que ahí mi abuelo había construido con el dinero del premio mayor de la Lotería Nacional, un singular edificio de  departamentos justo al lado de la gasolinera de la esquina con Tamaulipas. Mi padre había heredado uno de los departamentos y a su vez se lo había regalado a (Jackie) Jacobo. Esta historia comienza precisamente ahí a finales de los años setentas.

Yo, de once años, estoy sentado intentando hacer flor de loto en el centro de la cama. Encima de mi se alza una estructura piramidal de metal que me conecta con las estrellas mientras una máquina sacada de la serie Perdidos en el Espacio emite Ondas Alfa con una frecuencia de 8 –12 Hz para provocar estados de relajación. Procuro seguir las instrucciones de mi hermano que para entonces había abandonado la meditación trascendental y experimentaba una técnica tibetana que consiste en aspirar por la nariz mientras imaginamos que el aire entra por el ombligo y exhalamos igual por la nariz imaginando que el aire sale por la cabeza disparado como un  cohete. Además imaginamos que entra un problema con la inhalación y así mismo es expulsado por la exhalación. Si el problema es muy grande hay que repetir varias veces el proceso. Es una meditación para alejar las preocupaciones y aunque por supuesto no sirve para solucionar los problemas, si ayuda a abordarlos con más tranquilidad.

Inhalo la bicicleta Bennoto de velocidades de mi hermano Nathán que me robaron por un descuido y la exhalo.

Inhalo el examen de matemáticas que había reprobado y lo exhalo.

Inhalo a Ilana, la más guapa de mi clase y que no me hace ningún caso y la exhalo.

Inhalo las salvajes peleas a golpes con mi hermano Dani y las exhalo.

Inhalo los gritos de mi papá a mi mamá y los exhalo.

Inhalo los gritos de mi papá a mi mamá y los exhalo.

Inhalo los gritos de mi papá a mi mamá y los exhalo.

No puedo pasar ese momento de la meditación y corro a ver qué hace Jackie, que ha escuchado mis pasos desde la sala y  me propone tocar los bongos, toma un par, me da otro a mi y nos sumergimos en un universo de ritmos que nos mantiene tocando los pequeños tambores por más de una hora. Y nada más importa, de hecho nada más existe, solo dos hermanos jugando a ser percusionistas.

Tocan el timbre, vienen por mi, con tristeza me despido y mientras bajo las escaleras se que algo ha cambiado.

Desde entonces llevo conmigo un refugio portátil para cualquier situación y lugar del mundo donde me encuentre. Aún hoy con otros problemas y otras preocupaciones, medito, paso tiempo conmigo mismo, estoy solo en el aquí y ahora. Y ese mismo aquí y ahora lo comparto con mis actores actuando en el escenario o con mis hijos jugando en el parque (es lo mismo jugar y actuar). Entonces soy yo de nuevo porque he dejado de ser, al menos por unos instantes, incluso yo mismo.