Archivos Mensuales: julio 2020

Tío Roberto

Dirigimos el catamarán a la playa al final de la tarde luego de varias horas en el mar impulsados por el viento de diciembre. Apretando hilos para que las velas encuentren su combustible a tiempo para convertirlo en impulso, en giro de 180 grados, en velocidad cuando se llega al mar abierto y hay que competir con las enormes olas. Bajo el piso de tela semitransparente se ve el agua, la ilusión de un río que corre cuando en realidad quién se mueve es la ligera embarcación. Cuando no ayudo con las cuerdas a mi Tío Roberto, al cual mi mamá, mi abuela y sus demás hermanos llamaban Robert con acento francés, alterno bocarriba para ver al viento invisible mover las telas, bocabajo para sentir las gotas que salpican las aspas al cortar el agua, mirando atrás como se dibujan dos estelas y para adelante, a dónde mi tío dirige el timón con sus enormes manos.

Una ola grande nos lleva a tierra firme, empujamos el velero hacía dentro de la playa, y salgo corriendo para subir a mi mirador, llego al balcón y me pongo el walkman, previamente cargado con el casete del Concierto para Violín y Orquesta de Tchaikovski. Mientras las esponjas negras de los audífonos cubren mis oídos, mis ojos miran estupefactos al sol que poco a poco se mete en el mar, para después pintar de rojo, morado y naranja un cielo imposible.

Roberto y su seguridad, si alguien encarna lo que se me presento como Lo Masculino, sin duda era él.

El más alto de la familia, el único de los hermanos con ojos azules y sobre todo con una seguridad difícilmente alcanzable.

Al cumplir los 18 huyó del Líbano en donde vivía como una especie de refugiado sin tener ninguna nacionalidad a Canadá, las cosas con su pasaporte no del todo legal se le complicaron y tuvo 24 horas para comprar un billete hacia Haifa, desembarcar en el recién nacido Estado Judío y enlistarse en el ejercito el mismo día de su llegada.

Afortunadamente le toco servir entre la Guerra del Sinaí de 1956 y la Guerra de los Seis Días en 1967.

Mientras tanto en Beirut, mi abuela, sin jamás rendirse en su afán por dirigir la vida de sus hijos, había localizado a una de sus hermanas viviendo en México y de la cual no había tenido noticias en más de 30 años, le había escrito y conseguido una invitación para su primogénito Robert, el cual, la liberarse del ejercito, de nuevo cruzo el Atlántico obedeciendo las instrucciones de su madre.

Es recibido en México por su tía, la cual intenta casarlo con su hija, pero decenas de años después habían abrazado otras creencias. Roberto hábilmente se logra zafar, se acerca a la comunidad y conquista, en una sola cita, a la hija de un banquero. Logrando una elegante boda, tres meses después.

Desde ese día se terminaron las penurias económicas para él, para sus padres y para sus hermanos, que al poco tiempo, en la navidad de 1965 llegaron a la iluminada Ciudad de México para nunca más dejarla.

Robert tiene cuatro hijos, una gran casa con jardín en un barrio residencial y siempre, un enorme Ford Galaxy.

Tiene en su estudio, insignias del ejercito, una vitrina con sus escopetas para ir de cacería y una foto con el mismísimo David Ben Gurion.

Robert fuma enormes puros, nunca cigarros.

Galán de galanes, sus admiradoras de todas las edades lo siguen buscando independientemente de los años que inevitablemente se le van acumulando.

Asientos reservados, siempre con la mejor ubicación en la sinagoga, en las conferencias y en todos los eventos sociales.

Generoso con los suyos, sin ningún tipo de limite, nos adopto a nosotros, sus sobrinos, también como sus hijos.

En el balcón todos los tonos de rojo se van transformando en oscuridad mientras la primera estrella aparece tenue a lo lejos. La música viaja directa del casete a mis oídos, me lleva y me trae por lo que el tío es en mi vida.

Un torbellino masculino adaptado totalmente al mundo de los industriales, socio del mejor club de golf, pidiendo ese pescado a la sal que se mete al horno tan solo después de que Roberto ha verificado su frescura, tocándolo, oliéndolo y mirándolo a los ojos.

En ningún gasto se escatima, si se necesita más, se produce más, no hay limites para quien funda un estado, triunfa en los negocios y es apreciado, pero sobre todo respetado.

Las cenas familiares con motivo de las fiestas son eventos de una importancia suprema. Independientemente de la casa en donde se llevan a cabo, mi mamá y mis tías cocinan desde dos meses antes, apartan el mejor corte de carne, consiguen hierbas y especies desde el medio oriente y hasta la extrañísima hoja melujiye, enviada desde Egipto, llega a la fastuosa mesa.

Todas las mujeres estrenan sin falta ropa y mientras se sirve la comida, hay aceitunas negras y rojas, frescos pistaches y algunas kipes fritas para ir abriendo el apetito.

Llega el llamado al rezo previo al banquete. Todos nos acercamos a la mesa principal, poniéndonos delante de nuestros padres para ser testigos de las bendiciones.

Con un libro en la mano izquierda y una copa de vino dorada en la derecha, el Tío Roberto comienza a rezar, la atención es total. Amen, podemos estar tranquilos, todos tendremos un gran año, comienza la ronda de besos y abrazos, qué no quede nadie sin recibir los buenos deseos. 

Finalmente Roberto se sienta en la cabecera, la soltera de mayor edad le acerca agua para lavar sus manos, ya con todos en la mesa en completo silencio, bendice el pan y podemos comenzar a comer.

Mi abuelo materno murió joven, en Beirut hace muchos años, dejando a Robert el trono, el bastón de mando, una posición asumida por él y aceptada por todos sin rechistar. La cena representa miles de años de tradición, de jerarquía, de orden presentado como cósmico, de leyes escritas que se cumplen a rajatabla como la santidad de los alimentos y de otras muchas reglas no escritas, motor de las relaciones familiares. 

El cielo se ha vuelto negro y las primeras estrellas comienzan a parpadear en una noche sin luna, el agua ha apagado su brillo y la brisa se ha detenido de golpe. Los dos lados del casete de Tchaikovsky se terminan con un crescendo acompañado de los movimientos más rápidos que se pueden hacer con un arco de violín. Me quito los audífonos, escucho las olas llegar a la playa y abrazo el lugar del que vengo y la libertad de poder caminar al lugar que quiero ir.

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Sócrates 308 Nueva Edición

Perdonen queridos lectores que no ponga una fecha exacta a lo que voy a contar, pero estamos hablando de principios de los años ochenta y no creo que tenga importancia, pues voy a recrear un domingo cualquiera en la casa donde nací y crecí.
Dedicado a mi familia toda con todo mi cariño.

Sócrates 308

La televisión Sony Triniton comprada por mi padre en el barrio de Tepito transmitía a todo color y a mayor volumen, la final del Abierto de Estados Unidos, entre Jimmy Connors e Ivan Lendl. Eran la dos de la tarde y habíamos llegado hace unos minutos desde el frontenis del deportivo a la casa de Polanco: mi padre Abraham, mi hermano Dani y yo de unos catorce años.
Mi mamá Kemy, junto con Petra -la nana de todos- ponía la enorme mesa.
El menú de los domingos era siempre el mismo: para empezar consomé de pollo y luego arroz a la mexicana, frijoles, carne deshebrada con mole y tortillas, muchas tortillas. Solamente cuando Petra se tomaba varios días de descanso, mi papá iba por unas carnitas con chicharrón al famoso Grano de Oro. 
Pero hoy Petra sí que estaba y se notaba por su mal humor, hasta que llegó mi hermano Jerry recién casado con su esposa Esther, para dibujar en su cara morena un sonrojo de alegría mientras abrazaba a su “gordito.”
Se escuchó por primera vez aquella tarde la pregunta habitual:
-¿ Va a venir Jackie (Jacobo) ?
-No sé, contesto Kemy, con ese muchacho nunca se sabe.
Dani y yo corrimos a enseñarle nuestra nueva manopla de béisbol Palomares a Jerry y salimos los tres disparados al jardín para unos lanzamientos, mientras Bucky el perro corría como loco tras la pelota de cuero.
Mi padre no podía despegar la vista de la tele; la vida le había quitado a su dios en Polonia, a su gran amor en el quirófano y la poca cordura que le dejó estaba ligada a su dosis diaria de litio que lo mantenía en un estado bastante apático y alejado de la realidad, aunque siempre mejor que durante sus brotes psicóticos.
Nathán apareció en la puerta, venia de recoger a Liz su novia y fue directo a la cocina a abrir las ollas. Petra se volvió a enojar ante la invasión.
– ¿Qué hay de comer para mí? Sabes que estoy malo de la panza.
– Uy que novedad. Pues hay arroz y te guardé pollo del consomé.
– ¿El arroz tiene ajo?
– No. Mintió Petra.
Nathán y Liz fueron a saludar al patrón, que mientras los besaba no despego la vista de la pelota que iba de un lado al otro de la pantalla.
– ¿Va a venir Jackie?
– Con tu hermano nunca se sabe.
Para entonces se habían hecho las tres de la tarde y todos nos moríamos de hambre.
– ¿Esperamos a Jackie?
– No voy a esperar toda la tarde, además se me van a enfriar las tortillas. Gritó Petra.
– A comer. Dijo mi mamá.
Inmediatamente nos sentamos a la mesa a devorar las delicias domingueras.
Comíamos mientras la tele pequeña del comedor, transmitía ahora, el duelo entre Lendl y Connors.
– Lendl se parece al conde Drácula.
– No sabía que en Transilvania hubiera canchas de tenis.
– Muy bien. ¡Qué bola! Gritó mi padre mientras Connors lograba su primera bola para partido.
– Muy bien Jimmy, los veteranos sabemos jugar mejor que los novatos.
Connors escuchó a mi padre y se hizo con el trofeo, pero la tele no se apagó, tuvimos que ver los comerciales de la Rubia Superior y esperar a que Jimmy alzara la copa para que la tele finalmente se callara. Para entonces Jerry dormía en un sillón mientras que Liz, Kemy y Esther se tomaban su café turco, hasta Nathán se animo a probar un poco.
– Solo para que Kemy me lea la taza.
-Una, dos y tres vueltas, ahora lo dejamos asentar.
Las tazas de las mujeres estaban llenas de estrenos, visitas y en el fondo del asiento dinero, pero la de Nathán tenía forma de intestino y mi madre no supo muy bien qué inventarle.
– ¿Y Jackie a qué hora llega?
– Si es que llega.
Mientras tanto Dani, 2 años menor que yo, jugaba con Buckie y conmigo béisbol, hasta que el vidrio que dividía el jardín con el comedor fue atravesado por una de mis mejores pichadas.
Se acabó la lectura del café y hasta la siesta de Jerry. Mi mamá nos gritaba sin parar. Por suerte en ese momento entró Jacobo.
Vestía una camisa oaxaqueña blanca con cintas de colores y nada más importó.
Todos a saludarlo, mi padre el primero, saliendo al fin de su tristeza al ver a su hijo mayor.
Jacobo nos abrazó a todos y se sentó en la mesa . Mientras saboreaba la comida de Petrita nos dijo sin más.
– En Cuernavaca estamos enseñándole a los niños a mirar con las manos.
– ¿A ver con qué?
– Les tapamos los ojos y les enseñamos a mandar al cerebro el mismo estimulo que envían con los ojos pero con las manos. Porque en realidad no vemos con los ojos, las imágenes son tan solo un producto de nuestro cerebro, lo único que hay que hacer es cambiar el canal de entrada.
Nadie creyó ni comprendió algo que a Jacobo le resultaba tan natural y obvio, pero ninguno habló.
– ¿Me enseñas a ver con las manos? Rompí el silencio.
– Claro, contestó.
Más de veinticinco años después las cosas aparentemente han cambiado mucho. Entre otras cosas, Abraham ya no está con nosotros y la casa de Sócrates 308 se convirtió en un edificio.
Pero Petra sigue cocinando en Tlaxcala, Nathán sigue teniendo problemas de digestión, Jerry es un experto en siestas y en jugar con los niños, Dani es de los pocos jugadores de frontenis en México con menos de setenta años, Kemy nos sigue leyendo la taza de café turco y yo cambié la raqueta por la pala de Padel Tenis, así que sigo lanzando pelotas contra los cristales.
Pero eso si, todos nos seguimos preguntando:
– ¿Va a venir Jacobo?

Foto: cortesía de Dan Grinberg Preciado.