Juanacatlán

Hacía varios años que la Avenida Juanacatlán de la Colonia Condesa había cambiado su nombre por el de Alfonso Reyes el ilustre escritor vecino del barrio. Pero en mi familia la calle sería siempre Juanacatlán ya que ahí mi abuelo había construido con el dinero del premio mayor de la Lotería Nacional, un singular edificio de  departamentos justo al lado de la gasolinera de la esquina con Tamaulipas. Mi padre había heredado uno de los departamentos y a su vez se lo había regalado a (Jackie) Jacobo. Esta historia comienza precisamente ahí a finales de los años setentas.

Yo, de once años, estoy sentado intentando hacer flor de loto en el centro de la cama. Encima de mi se alza una estructura piramidal de metal que me conecta con las estrellas mientras una máquina sacada de la serie Perdidos en el Espacio emite Ondas Alfa con una frecuencia de 8 –12 Hz para provocar estados de relajación. Procuro seguir las instrucciones de mi hermano que para entonces había abandonado la meditación trascendental y experimentaba una técnica tibetana que consiste en aspirar por la nariz mientras imaginamos que el aire entra por el ombligo y exhalamos igual por la nariz imaginando que el aire sale por la cabeza disparado como un  cohete. Además imaginamos que entra un problema con la inhalación y así mismo es expulsado por la exhalación. Si el problema es muy grande hay que repetir varias veces el proceso. Es una meditación para alejar las preocupaciones y aunque por supuesto no sirve para solucionar los problemas, si ayuda a abordarlos con más tranquilidad.

Inhalo la bicicleta Bennoto de velocidades de mi hermano Nathán que me robaron por un descuido y la exhalo.

Inhalo el examen de matemáticas que había reprobado y lo exhalo.

Inhalo a Ilana, la más guapa de mi clase y que no me hace ningún caso y la exhalo.

Inhalo las salvajes peleas a golpes con mi hermano Dani y las exhalo.

Inhalo los gritos de mi papá a mi mamá y los exhalo.

Inhalo los gritos de mi papá a mi mamá y los exhalo.

Inhalo los gritos de mi papá a mi mamá y los exhalo.

No puedo pasar ese momento de la meditación y corro a ver qué hace Jackie, que ha escuchado mis pasos desde la sala y  me propone tocar los bongos, toma un par, me da otro a mi y nos sumergimos en un universo de ritmos que nos mantiene tocando los pequeños tambores por más de una hora. Y nada más importa, de hecho nada más existe, solo dos hermanos jugando a ser percusionistas.

Tocan el timbre, vienen por mi, con tristeza me despido y mientras bajo las escaleras se que algo ha cambiado.

Desde entonces llevo conmigo un refugio portátil para cualquier situación y lugar del mundo donde me encuentre. Aún hoy con otros problemas y otras preocupaciones, medito, paso tiempo conmigo mismo, estoy solo en el aquí y ahora. Y ese mismo aquí y ahora lo comparto con mis actores actuando en el escenario o con mis hijos jugando en el parque (es lo mismo jugar y actuar). Entonces soy yo de nuevo porque he dejado de ser, al menos por unos instantes, incluso yo mismo.

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